1

La Primera Cruzada

La Primera Cruzada fue la primera de las distintas campañas que, durante los siglos XII y XIII partieron desde Europa occidental (principalmente Francia) hacia Oriente Medio, con el fin de conquistar Tierra Santa y en particular Jerusalén, que se encontraban en manos musulmanas desde el siglo VII.

Antecedentes
Los orígenes de las
Cruzadas en general, especialmente la Primera Cruzada, provienen de los acontecimientos más temprano en la Edad Media. La derrota bizantina en la batalla de Mantzikert (1071) a manos de los turcos selyúcidas, abrió las puertas de Anatolia a los turcos, que establecieron varios sultanatos en la península. Esto provocó una profunda inestabilidad en el Imperio Bizantino que solo se solucionó con el ascenso al poder del general Alejo Comneno como basileo (emperador). Simultáneamente, la conquista de Anatolia cerró las rutas terrestres a los peregrinos que se dirigían a Jerusalén.
Alejo Comneno, que ya había empleado anteriormente a mercenarios normandos y de otros países de occidente, escribió una carta al papa
Urbano II, solicitándole su apoyo y el envío de nuevos mercenarios que lucharan por Bizancio contra los turcos.
Urbano II, aparentemente por pura fe, fue mucho más allá de esta limitada expedición y, en el
concilio de Clermont (1095) predicó la Primera Cruzada al grito de ¡Dios lo quiere!, con el objetivo de liberar Jerusalén de manos musulmanas (en las que ya llevaba 400 años).
La predicación de Urbano II provocó un estallido de fervor tanto en el pueblo llano como en la pequeña nobleza (no así en los reyes, que no participaron en esta primera expedición).
De resultas de esta explosión, muchos abandonaron sus posesiones y se pusieron en marcha hacia Oriente. A los nobles, la Iglesia les prometía que sus bienes serían respetados hasta su vuelta, si bien, para armar un ejército, muchos de los cruzados poderosos (así llamados por la cruz que se tejían en sus vestiduras) tuvieron efectivamente que liquidar sus bienes y prepararse para un viaje sin retorno.
Mucha gente humilde, en cambio, se limitó a ponerse en marcha, llevando consigo a sus familias y todas sus escasas posesiones. Éstos fueron los primeros en partir.

La cruzada de los pobres
Artículo principal:
Cruzada de Pedro el Ermitaño
Simultáneamente a Urbano II, varios predicadores, entre los que destaca Pedro el Ermitaño, consiguieron inflamar a una gran multitud de gente humilde, "entre ellos campesinos y artesanos, además de siervos" que se puso en marcha de forma absolutamente desorganizada. En su camino cometieron varias matanzas de judíos y se enfrentaron a las tropas húngaras y bizantinas, cuyos territorios atravesaron, causando disturbios y saqueos a su paso.
Alejo Comneno, alarmado ante el desorden provocado por esta masa, se apresuró a facilitarles el paso al otro lado del
Bósforo. Desde allí, la multitud se internó en territorio turco, consiguiendo una victoria inicial, pero descuidando absolutamente la retaguardia, por lo que fueron masacrados y esclavizados fácilmente. Pedro el Ermitaño consiguió volver a Bizancio y unirse a la Cruzada de los príncipes.

La cruzada de los príncipes
Más organizada fue la llamada Cruzada de los príncipes (que es la que se identifica habitualmente como primera Cruzada), dirigida por segundones de la nobleza como
Godofredo de Bouillon, su hermano Balduino (que comandaban a los franceses del norte), Raimundo de Tolosa, jefe de los provenzales, (que se pretendía líder de la expedición, aunque su autoridad era muy discutida), y el príncipe normando —y enemigo acérrimo de los bizantinos— Bohemundo de Tarento, entre otros. Su líder espiritual era el cardenal Ademar de Le Puy.

Proceso de la cruzada
Tras el llamado del
papa Urbano II; se aproximaron las poblaciones de distintos lugares de Europa; ricos, pobres, y pueblos enteros; varios contingentes fuertemente armados, confluyeron por diferentes rutas a Constantinopla durante el invierno y la primavera de 1097. Allí, tuvieron una serie de desacuerdos con el emperador del imperio bizantino, Alejo Comneno, llegando al combate abierto con los akritai del emperador, que finalmente consiguió hacerles jurar que todas las posesiones antes bizantinas que fueran liberadas por los cruzados volverían a manos del Imperio. A tal efecto, dispuso un contingente de tropas bizantinas mandadas por el general Taticius (de origen turco, curiosamente) cuya misión era seguir a los cruzados, tomando posesión de los territorios recuperados.

El camino por Anatolia
En su camino a través de Anatolia, derrotaron de forma sorprendente a los turcos seleúcidas, al ser subestimados por éstos, en
Nicea y Dorilea (que sí volvieron a manos bizantinas). Llegando a Siria, Balduino de Flandes se separó del resto y se apoderó de la ciudad de Edesa (hoy Urfa, en Turquía), que estaba en manos de cristianos armenios. Este condado fue el primero de los estados francos (como les llamaban los árabes, por ser los cruzados principalmente franceses) de ultramar.
La primera plaza fuerte que se encontraron fue
Antioquía, a la que sometieron a un largo asedio de siete meses, en el que los cruzados pasaron terribles penalidades, y en el que derrotaron a varios ejércitos turcos que pretendían socorrer la ciudad. La ciudad cayó, por traición, el 3 de junio de 1098, y poco después los cruzados pasaron de ser sitiadores a ser sitiados, aunque los ejércitos turcos venidos desde Mosul se retiraron por divisiones internas.
Bohemundo de Tarento, usando artimañas, provocó la retirada de los ejércitos bizantinos que les habían acompañado en la expedición, y, alegando deserción por parte de éstos, retuvo la ciudad para sí, rompiendo el juramento hecho al emperador. De esta forma nació el segundo estado franco. Los emperadores bizantinos no olvidarían nunca la reclamación sobre Antioquía, que finalmente conseguirían.
En Antioquía se produjeron también dos sucesos importantes para la cruzada: la muerte de
Ademar de Le Puy, que mantenía unidos a los cruzados, y el hallazgo (fraudulento) de la reliquia de la Santa Lanza, que los provenzales de Raimundo de Tolosa tomaron como verídico mientras que el resto dudaba de su veracidad. Esto aceleró las ya profundas divisiones entre franceses del norte y del sur, que se separaron en su camino a Jerusalén.

La masacre de Jerusalén
Desde Antioquía los cruzados marcharon hacia Jerusalén, en aquel momento disputada entre los fatimíes de
Egipto y los turcos de Siria. Por el camino, conquistaron diversas plazas árabes (entre ellas el futuro Krak des Chevaliers, que fue abandonado), y firmaron acuerdos con otras, deseosas de mantener su independencia y de facilitar que los cruzados atacaran a los turcos. En el camino realizaron atrocidades que han quedado grabadas en la mente de los musulmanes hasta el día de hoy. Arrasaron por completo la ciudad de Maarrat-Al-Numan tras asesinar a toda la población (unas diez mil personas) e incluso, devorar parte de los cadáveres.("Las cruzadas vistas por los árabes". Amin Maalouf) Además, la turba de desesperados fanáticos que acompañaba a los soldados y era utilizada como punta de lanza en los combates solía desperdigarse por el campo buscando musulmanes con la intención de asesinarlos y comérselos.

Conquista de Jerusalén durante la Primera Cruzada, año 1099
Jerusalén, mientras tanto, había cambiado de manos varias veces, en los últimos tiempos y desde
1098 se encontraba en manos de los fatimíes de Egipto. Los cruzados llegaron ante las murallas de la ciudad en junio de 1099. Tras el correspondiente asedio, los cruzados tomaron la ciudad el 15 de julio de 1099, desencadenando una terrible matanza de hombres, mujeres y niños, musulmanes, judíos o incluso los escasos cristianos que habían permanecido en la ciudad. Dos mil judíos fueron encerrados en la sinagoga principal, a la que se prendió fuego. Uno de los hombres que participó en aquella masacre, Raimundo de Aguilers, canónigo de Puy, dejó una descripción para la posteridad que habla por sí sola:
«Maravillosos espectáculos alegraban nuestra vista. Algunos de nosotros, los más piadosos, cortaron las cabezas de los musulmanes; otros los hicieron blancos de sus flechas; otros fueron más lejos y los arrastraron a las hogueras. En las calles y plazas de Jerusalén no se veían más que montones de cabezas, manos y pies. Se derramó tanta sangre en la mezquita edificada sobre el
templo de Salomón, que los cadáveres flotaban en ella y en muchos lugares la sangre nos llegaba hasta la rodilla. Cuando no hubo más musulmanes que matar, los jefes del ejército se dirigieron en procesión a la Iglesia del Santo Sepulcro para la ceremonia de acción de gracias»[1]
Algunos jefes cruzados, como por ejemplo Gastón de Bearn, trataron de proteger a los civiles agrupados en el Templo dándoles sus estandartes pero fue en vano porque al día siguiente un grupo de caballeros exaltados los masacró también. Solo se salvó una parte de la guarnición, protegida por juramento de Raimundo de Tolosa.

Fin de la Cruzada
Los cruzados nombraron gobernante de Jerusalén a Godofredo de Bouillon, que tomó el título de Defensor del Santo Sepulcro. A su muerte en
1100, fue sucedido por su hermano Balduino, que dejó Edesa y se convirtió en el primer rey de Jerusalén, Balduino I.
Con esta conquista finalizó la Primera Cruzada, la única exitosa. Tras la toma de Jerusalén, muchos cruzados volvieron a sus lugares de origen, aunque otros se quedaron a defender las tierras recién conquistadas. Entre ellos, Raimundo de Tolosa, disgustado por no ser el rey de Jerusalén, se independizó y se dirigió a
Trípoli (en el actual Líbano), donde fundó el condado del mismo nombre.

La Segunda Cruzada

La Segunda Cruzada fue una cruzada lanzada desde Europa y convocada en 1145 en respuesta a la caída del condado de Edesa un año antes. Edesa fue el primero de los estados cruzados fundados durante la Primera Cruzada (10961099), pero fue también el primero en caer. La Segunda Cruzada, convocada por el Papa Eugenio III, contó con el liderazgo de varios reyes europeos por primera vez, entre los que destacaron Luis VII de Francia y el emperador Conrado III, y con la ayuda de numerosos nobles. Los ejércitos de ambos reyes marcharon por separado a través de Europa y en cierto modo fueron retardados por el emperador bizantino Manuel I Comneno. Después de cruzar el territorio bizantino, ya en Anatolia, ambos ejércitos fueron derrotados, por separado, por los turcos selyúcidas. Luis, Conrado y los restos de sus ejércitos llegaron a Jerusalén y en 1148 participaron en un desacertado ataque sobre Damasco. La cruzada en oriente fue un fracaso para los cruzados y una gran victoria para los musulmanes. En último término, dicho fracaso conduciría al asedio y caída de Jerusalén en 1187 y a la convocatoria de la Tercera Cruzada a finales del siglo XII.
El único éxito se produjo fuera del Mediterráneo, cuando los cruzados ingleses, en su ruta marítima hacia
Tierra Santa, se detuvieron en las costas portuguesas y ayudaron a la toma de Lisboa en 1147. Mientras tanto, en Europa oriental, se inició la primera de las cruzadas del norte para convertir al cristianismo a las tribus paganas del Báltico, en un proceso que duraría varios siglos.

Orígenes

Asia menor y los reinos cruzados hacia 1140
Tras la
Primera Cruzada y la cruzada menor de 1101, se establecieron tres reinos cruzados en oriente: el reino de Jerusalén, el principado de Antioquía y el condado de Edesa. Un cuarto estado, el condado de Trípoli se creó en 1109. Edesa se encontraba en el extremo norte, y era además el más débil y menos poblado; como tal, era objeto de frecuentes ataques de los estados musulmanes vecinos, gobernados por los Ortóquidas, Danisméndidas, y turcos selyúcidas. El conde Balduino II y el futuro conde Joscelino de Courtenay fueron apresados tras su derrota en la batalla de Harran en 1104. Balduino y Joscelino volvieron a ser capturados en 1122, y aunque Edesa se recuperó en parte tras la batalla de Azaz en 1125, Joscelino murió luchando en 1131. Su sucesor Joscelino II se vio forzado a una alianza con el Imperio bizantino, pero en 1143 murieron tanto el emperador Juan II Comneno como el rey de Jerusalén Fulco de Anjou. Joscelino también tuvo sus disputas con el conde de Trípoli y el príncipe de Antioquía, de modo que a Edesa no le quedaban aliados poderosos.
Mientras tanto, el selyúcida
Zengi, atabeg de Mosul, había conquistado Alepo en 1128. Alepo era la llave de Siria, y se la habían disputado Mosul y Damasco. Tanto Zengi como el rey Balduino II se volvieron entonces hacia Damasco. Balduino sufrió una derrota fuera de la ciudad en 1129; pero Damasco, gobernada por la dinastía de los Búridas, se aliaría más tarde con el rey Fulco cuando Zengi la asediase en 1139 y 1140; el cronista musulmán Usamah ibn Munqidh negoció dicha alianza.
A finales de 1144, Joscelino II se alió con los Ortóquidas y salió de
Edesa con casi todo su ejército para apoyar al príncipe ortóquida Kara Aslan contra Alepo. Zengi, que buscaba beneficiarse de la muerte de Fulco en 1143, se dirigió rápidamente hacia el norte para asediar Edesa, que cayó en sus manos un mes después, el 24 de diciembre de 1144. Manases de Hierges, Felipe de Milly y otros nobles salieron de Jerusalén para prestar su ayuda, pero era ya demasiado tarde. Joscelino II siguió gobernando lo que le quedó del condado desde Turbessel, pero poco a poco, el resto del territorio sería tomado o vendido a los bizantinos. Gracias a esto, Zengi fue ensalzado en todo el mundo islámico como "defensor de la fe" y al-Malik al-Mansur, "el rey victorioso". Pero no prosiguió sus ataques sobre el territorio restante de Edesa o sobre le principado de Antioquía, como era de temer. Los acontecimientos internos de Mosul le obligaron a volver, y de nuevo dirigió su mirada a Damasco. Sin embargo, un esclavo lo asesinó en 1146 y le sucedió en Alepo su hijo Nur al-Din. Joscelino intentó recuperar Edesa tras el asesinato de Zengi, pero Nur al-Din le derrotó en noviembre de 1146.

Reacción en occidente
Las noticias de la caída de Edesa llegaron a Europa primero a través de los peregrinos que retornaban en
1145 y luego por las embajadas enviadas desde Antioquía, Jerusalén y Armenia. El obispo Hugo de Jabala le transmitió las nuevas al Papa Eugenio III que no tardó en emitir la bula Quantum praedecessores el 1 de diciembre del mismo año, por la que convocaba una segunda cruzada. Hugo también le habló de un rey oriental cristiano, que se esperaba que llegase en ayuda de los cruzados: se trata de la primera mención documentada del Preste Juan. Eugenio, que vivía en Viterbo pues no controlaba Roma, decidió a pesar de todo que la cruzada debía de ser más organizada y centralizada que la Primera. Los predicadores debían contar con la aprobación papal, los ejércitos, estar dirigidos por los reyes más poderosos de Europa y la ruta debía decidirse de antemano. En un principio, se hizo caso omiso de estos puntos, ya que Luis VII de Francia había estado valorando también la posibilidad de una nueva cruzada de forma independiente a la del Papa, y además, así se lo anunció a su corte aquella Navidad. Quizá a Luis no le había llegado la bula cuando hizo el anuncio, pero en cualquier caso, ni el abad Suger ni otros nobles se mostraron partidarios de los planes del rey. Luis consultó entonces a Bernardo de Claraval, que le remitió al Papa. En este momento, sin duda, Luis conocía ya la bula papal, y Eugenio apoyó con entusiasmo la cruzada de Luis. El 1 de marzo de 1146 se volvió a publicar la bula, y Eugenio autorizó a Bernardo la predicación de la misma por toda Francia.

Bernardo de Claraval predica la cruzada
Pero al principio apenas hubo entusiasmo popular por la cruzada, como en 1095 y 1096. Sin embargo, Bernardo, uno de los hombres más famosos y respetados de la Cristiandad, decidió hacer hincapié sobre el hecho de que tomar la cruz era un medio para lograr la absolución de los pecados y alcanzar la gracia. El
31 de marzo, en presencia del rey Luis, predicó ante una gran multitud en el campo junto a Vézelay. Bernardo, el "doctor melífluo", ejerció el poder de su oratoria y sus oyentes se alzaron al grito de "¡cruces, dadnos cruces!" y agotaron las telas haciendo cruces, e incluso se dice que el propio Bernardo entregó sus vestiduras externas con este fin. A diferencia de la Primera Cruzada, la nueva aventura atrajo también a miembros de la realeza, como Leonor de Aquitania, entonces reina de Francia; Thierry de Alsacia, conde de Flandes; Enrique, el futuro conde de Champaña; el hermano de Luis, Roberto I de Dreux; Alfonso I de Toulouse; Guillermo II de Nevers; Guillermo de Warenne, tercer conde de Surrey; Hugo VII de Lusignan; así como a otros muchos nobles y obispos. Pero fue la gente común la que dio muestras de mayor entusiasmo. El Papa nombró santo a Bernardo por sus méritos enardeciendo a la gente y enviándolos a combatir a los musulmanes para recuperar Tierra Santa. San Bernardo escribió al Papa pocos días después: "Abrí la boca, hablé, e inmediatamente los cruzados se multiplicaron hasta el infinito. Las aldeas y villas están vacías; apenas hay un hombre por cada siete mujeres. Por todas partes se ven viudas, cuyos maridos aún viven".
Se decidió que los cruzados partirían un año después, y que mientras tanto se llevarían a cabo los preparativos y se trazaría la ruta hasta Tierra Santa. Luis y Eugenio contaron con el apoyo de aquellos príncipes cuyas tierras tendrían que cruzar:
Geza de Hungría, Roger II de Sicilia y el emperador bizantino Manuel I Comneno, aunque este último pidió que los cruzados le jurasen fidelidad, lo mismo que había pedido su abuelo Alejo I Comneno.
Mientras tanto, Bernardo siguió predicando en Borgoña, Lorena y Flandes. Al igual que en la Primera Cruzada, la predicación condujo a ciertos ataques contra los
judíos; un monje cisterciense alemán bastante fanático llamado Rudolf al parecer incitó a la matanza de judíos en Renania, Colonia, Maguncia, Worms y Espira, pues les acusaba de no querer contribuir con dinero al rescate de Tierra Santa. San Bernardo y los arzobispos de Colonia y Maguncia se opusieron firmemente a dichas persecuciones, e incluso Bernardo viajó desde Flandes a Alemania para intentar acabar con el problema, y en gran medida logró que gran parte de la audiencia de Rudolf le siguiese a él. Luego, se encontró con Rudolf en Maguncia y pudo silenciarle y mandarlo de vuelta a su monasterio.
Mientras estaba en Alemania, Bernardo predicó a
Conrado III en noviembre de 1146, pero como Conrado no parecía interesado en participar personalmente, Bernardo pasó a Alemania meridional y Suiza para seguir sus prédicas. Sin embargo, en su viaje de vuelta, en diciembre, se detuvo en Espira, donde en presencia de Conrado pronunció un emocionado sermón en el que representó la figura del propio Cristo, preguntándole qué más podía hacer por el emperador: “Hombre”, le dijo, “¿qué más debo hacer por ti que aún no haya hecho?” Conrado ya no se pudo resistir y se unió a la cruzada con muchos de sus nobles vasallos, entre ellos, Federico, duque de Suabia. También, al igual que meses antes en Vézelay, mucha gente común tomó la cruz en Alemania.
El Papa también autorizó la cruzada en
España, aunque hacía mucho tiempo que había guerras contra los moros. Concedió a Alfonso VII de Castilla la misma indulgencia que había otorgado a los cruzados franceses; e igual que hizo el Papa Urbano II en 1095, urgió a los españoles a luchar en su propio territorio en lugar de unirse a las cruzadas de oriente. Autorizó a Marsella, Pisa y Génova, así como a otras ciudades, a luchar en España también, pero en general mandó a los italianos a las cruzadas de oriente, como le pidió con Amadeo III de Saboya. Eugenio no quería que Conrado participase, pues temía que así reforzase el poder imperial en sus reivindicaciones sobre el Papado, pero en cualquier caso no le prohibió marchar.

Preparativos
El
16 de febrero de 1147, los cruzados franceses se reunieron en Étampes para discutir su itinerario. Los alemanes habían decidido ya viajar por tierra, a través de Hungría, puesto que, como Roger II era enemigo de Conrado, la ruta marítima resultaba políticamente poco viable. Muchos de los nobles franceses desconfiaban de la ruta terrestre, que les llevaría a través del Imperio Bizantino, cuya reputación todavía se resentía por los relatos de los primeros cruzados. No obstante, decidieron seguir a Conrado, y se pusiero en camino el 15 de junio. Roger II se sintió ofendido y rehusó continuar participando. El abad Suger y el conde Guillermo de Nevers fueron elegidos como regentes mientras el rey permaneciera en la cruzada.
En Alemania Adam de Ebrach continuó predicando, y
Otto de Freising tomó también la cruz. El 13 de marzo, en Fráncfort, el hijo de Conrado, Federico, fue elegido rey, bajo la regencia de Enrique, arzobispo de Mainz. Los alemanes planeaban partir en mayo y reunirse con los franceses en Constantinopla. Por entonces, otros príncipes alemanes extendieron la idea de cruzada a las tribus eslavas del nordeste del Sacro Imperio Romano Germánico , y fueron autorizados por Bernardo para emprender una cruzada contra ellas. El 13 de abril, Eugenio confirmó esta cruzada, comparándola a las realizadas en España y Palestina. Así, en 1147 nacieron las cruzadas bálticas.

La cruzada en España y Portugal

Alfonso I de Portugal
A mediados de mayo salieron de Inglaterra los primeros contingentes, compuestos de cruzados flamencos, frisios, normandos, ingleses, escoceses y algunos alemanes. Ningún rey ni príncipe dirigía a estas tropas; Inglaterra estaba por entonces dominada por la anarquía. Llegaron a
Oporto en junio. Allí, el obispo les convenció para que continuasen hasta Lisboa, a donde había llegado ya el rey Alfonso I, informado de la llegada de una flota cruzada a su reino. Dado que la cruzada en España y Portugal había sido sancionada por el Papa, los cruzados aceptaron combatir a los musulmanes en la Península. El sitio de Lisboa comenzó el 1 de julio y se prolongó hasta el 24 de octubre, cuando la ciudad cayó en poder de los cruzados, quienes la saquearon a fondo antes de cedérsela al rey de Portugal. Algunos de los cruzados se asentaron en la recién conquistada ciudad, y Gilbert de Hastings fue elegido obispo, pero la mayoría de la flota continuó su viaje hacia el este en febrero de 1148. Casi al mismo tiempo, los ejércitos españoles comandados por Alfonso VII de Castilla y Ramón Berenguer IV de Barcelona, entre otros, conquistaron Almería. En 1148 y 1149 conquistaron también Tortosa, Fraga y Lérida.

Partida de los cruzados alemanes
Los cruzados alemanes,
franconios, bávaros y suabos, partieron por tierra, también en mayo de 1147. Ottokar III de Estiria se unió a Conrado en Viena, y el enemigo de Conrado, Geza II de Hungría le es permitió finalmente atravesar su reino sin causarles daño. Cuando el ejército llegó a territorio bizantino, el emperador Manuel I temió que fuesen a atacarle, y destacó tropas para asegurar que no se produjeran disturbios. Hubo una breve escaramuza con algunos de los más indisciplinados alemanes cerca de Filipópolis, y en Adrianópolis, donde el general bizantino Prosouch se enfrentó al sobrino de Conrado, el futuro emperador Federico I. Para empeorar las cosas, varios soldados alemanes murieron en una inundación a comienzos de septiembre. El 10 de septiembre, sin embargo, los alemanes llegaron a Constantinopla, donde el emperador les acogió con bastante frialdad, y les convenció para que cruzasen a Asia Menor tan pronto como fuera posible. Manuel quería que Conrado dejase en Constantinopla parte de su ejército, para que le ayudase a defenderse de los ataques de Roger II, quien había aprovechado la oportunidad para saquear las ciudades de Grecia. Conrado, a pesar de ser enemigo de Roger, no aceptó la propuesta del emperador.

El emperador Federico I, duque de Suabia durante la Segunda Cruzada
En Asia Menor, Conrado decidió no esperar a los franceses, y marchó contra Iconio, capital del
selyúcida sultanato de Rüm. Dividió su ejército en dos divisiones, de las cuales la primera fue destruida por los selyúcidas el 25 de octubre de 1147 en la segunda batalla de Dorileo (Dorylaeum). Los turcos utilizaron su táctica habitual de fingir una retirada y volver a atacar a la pequeña fuerza de caballería alemana que se había separado del ejército principal para perseguirles. Conrado comenzó una lenta retirada de regreso a Constantinopla, y su ejército fue diariamente hostigado por los turcos, que atacaron a los rezagados y vencieron a la retaguardia. El propio Conrado fue herido en una escaramuza con ellos, siendo atendido de sus lesiones por el propio emperador bizantino Manuel. La otra división del ejército, comandada por Otto de Freising, se dirigió hacia la costa mediterránea, y fue igualmente masacrada a comienzos de 1148.

Partida de los cruzados franceses

Fresco del emperador Manuel I Comneno.
Los cruzados franceses partieron de
Metz en junio, liderados por Luis, Thierry de Alsacia, Renaut I de Bar, Amadeo III de Saboya, Guillermo VII de Auvernia, Guillermo III de Montferrato, y otros, junto con ejércitos de Lorena, Bretaña, Borgoña y Aquitania. Una parte del ejército, procedente de Provenza, bajo el mando de Alfonso de Toulouse, decidió esperar hasta agosto y seguir por mar. En Worms, Luis se unió a los cruzados de Normandía e Inglaterra. Siguieron la ruta de Conrado en paz, aunque Luis tuvo un problema con Geza de Hungría, cuando éste descubrió que Luis había permitido que se le uniese una persona que había intentado usurpar el trono húngaro.
Las relaciones ya dentro del territorio bizantino no fueron muy buenas, y los loreneses, que iban en vanguardia del resto de los franceses, también tuvieron problemas con los alemanes, más lentos. Desde las negociaciones originales entre Luis y Manuel, éste último había detenido las hostilidades con el
Sultanato de Rüm, se había aliado con su sultán Mas'ud, sin embargo, las relaciones de Manuel con el ejército francés fueron algo mejores que con los alemanes, y Luis fue recibido espléndidamente en Constantinopla. Algunos franceses se escandalizaron de la alianza de Manuel con los selyúcidas, y exigieron un ataque contra Constantinopla, pero fueron refrenados por los legados papales.
Cuando las tropas de Saboya, Auvernia y Monferrato se unieron a las de Luis en Constantinopla (después de llegar por la ruta italiana y cruzar desde
Brindisi a Durazzo), el ejército al completo fue trasladado a través del Bósforo hasta Asia Menor. Se vieron reconfortados por los rumores que decían que los alemanes habían tomado Iconio, pero Manuel rechazó conceder a Luis tropas bizantinas e hizo jurar a los franceses que devolverían al Imperio cualquier territorio que reconquistasen. Tanto alemanes como franceses entraron en Asia sin ayuda alguna por parte de los bizantinos, a diferencia de los ejércitos de la Primera Cruzada.
Los franceses se encontraron con los restos del ejército de Conrado en
Nicea, y el propio Conrado se unió a las fuerzas de Luis. Siguieron la ruta de Otto de Freising por la costa mediterránea, y llegaron a Éfeso en diciembre, donde se enteraron de que los turcos se preparaban para atacarles. Manuel les envió embajadores, quejándose de los saqueos de las tropas de Luis por el camino, y quedaba claro que no había garantía alguna de que los bizantinos les ayudarían en caso de ataque turco. Mientras tanto Conrado enfermó y tuvo que volver a Constantinopla, donde el propio Manuel le atendió personalmente; pero Luis, sin prestar atención a las amenazas de un ataque turco, partió de Éfeso.
Los turcos estaban realmente esperando para atacarles, pero en una pequeña batalla a las afueras de
Éfeso, vencieron los franceses. Llegaron a Laodicea a principios de enero de 1148, pocos días después de que el ejército de Otto de Freising hubiese sido destruido en la zona. Al reanudar la marcha, la vanguardia bajo el mando de Amadeo de Saboya se separó del resto, mientras que las tropas de Luis fueron desviadas por los turcos. El propio Luis, según Odón de Deuil, trepó a un árbol y los turcos no se dieron cuenta de su presencia o no le reconocieron. Los turcos no se molestaron en seguir atacando, y los franceses continuaron hasta Adalia, aunque bajo la constante presión turca, que quemaba la tierra para evitar que los franceses pudiesen alimentarse de la misma. Luis quiso continuar por tierra, y se decidió que reunir una flota en Adalia que les llevase a Antioquía. Tras un retraso de un mes debido a las tormentas, la mayoría de los barcos prometidos ni siquiera llegó. Luis y los que iban con él embarcaron, dejando al resto del ejército que continuase la larga marcha hasta Antioquía por tierra. Casi todo el ejército pereció, ya fuese a manos de los turcos o por distintas enfermedades.

La marcha hasta Jerusalén
Luis llegó a Antioquía el 19 de marzo, después de sufrir una tormenta; Amadeo de Saboya había muerto en el camino en
Chipre. Luis fue recibido por el tío de Leonor Raimundo de Poitiers. Éste esperaba que Luis le ayudaría a defenderse de los turcos y que le acompañaría en un ataque contra Alepo, pero Luis tenía otros planes, pues prefería dirigirse primero a Jerusalén para cumplir su peregrinaje, más que centrarse en el aspecto militar de la cruzada. Leonor disfrutó de su estancia, pero su tío quería que ella se quedase con él, e incluso que se divorciase de Luis si éste no aceptaba ayudarle. Luis dejó rápidamente Antioquía camino de Trípoli. Mientras, Otto de Freising y el resto de sus tropas llegaron a Jerusalén a primeros de abril, y Conrado lo hizo poco después. El patriarca Fulco de Jerusalén viajó para invitar a Luis a que se reuniese con ellos. La flota que se había detenido en Lisboa llegó también en estas fechas, al igual que los provenzales de Alfonso de Toulouse, aunque éste último había muerto en el camino hacia Jerusalén, según los indicios, envenenado por Raimundo II de Trípoli, su sobrino que temía las pretensiones políticas de su tío sobre el condado.
El Consejo de acre
En Jerusalén el objetivo de la cruzada se dirigió rápidamente hacia Damasco, el blanco deseado del rey Balduino III de Jerusalén y de los caballeros templarios. A Conrado ya se le había convencido de la necesidad de participar en esta expedición. Cuando llegó Luis, la Haute Cour se reunió en Acre el 24 de junio. Fue la reunión más espectacular de la Cour en toda su historia: Conrado, Otón, Enrique II de Austria, el futuro emperador Federico I Barbarroja (entonces duque de Suabia), y Guillermo III de Montferrato representaban al Sacro Imperio; Luis, el hijo de Alfonso, Bertrand, Thierry de Alsacia y otros señores eclesiásticos y seculares representaban a Francia; y por parte de Jerusalén estaban el rey Balduino, la reina Melisenda, el patriarca Fulco, Robert de Craon (gran maestre del Temple), Raimundo del Puy de Provence (gran maestre de los caballeros hospitalarios), Manasses de Hierges (condestable de Jerusalén), Hunifrido II de Torón, Felipe de Milly y Barisán de Ibelín. Sorprendentemente, no asistió nadie de Antioquía, Trípoli, o del antiguo condado de Edesa. Algunos franceses consideraron que así habían llevado a cabo su peregrinaje, y querían volver a casa; algunos barones del reino señalaron que no sería acertado atacar Damasco, su aliado contra los zéngidas. Pero Conrado, Luis y Balduino insistieron, y en julio se reunió un ejército en Tiberíades.

Sitio de Damasco
Los cruzados decidieron atacar Damasco desde el oeste, donde las huertas les facilitaban un constante aprovisionamento de víveres. Llegaron el 23 de julio, con el ejército de Jerusalén en vanguardia, seguido por Luis, y a continuación Conrado, en la retaguardia. Los musulmanes estaban preparados para el ataque y hostigaron constantemente al ejército, avanzando por las huertas. Los cruzados consiguieron abrirse camino y expulsar a los defensores al otro lado del río Barada y a Damasco; llegados al pie de las murallas, emprendieron inmediatamente el asedio de la ciudad. Damasco había pedido ayuda a
Saif ad-Din Ghazi I de Aleppo y Nur ad-Din de Mosul, y el visir Mu'in ad-Din Unur dirigió un inexitoso ataque contra los cruzados. Había conflictos en ambos bandos: Unur sospechaba que si Saif ad-Din y Nur ad-Din ofrecían su ayuda era porque querían apoderarse de la ciudad; por su parte, los cruzados no podían ponerse de acuerdo sobre a quién le correspondería la ciudad en caso de que la conquistaran. El 27 de julio, los cruzados decidieron trasladarse al lado este de la ciudad, que estaba menos forfificado pero era menos rico en comida y agua. Por entonces Nur ad-Din ya había llegado, y les fue imposible regresar a su posición anterior. Primero Conrado, y luego el resto de los cruzados, decidieron levantar el sitio y regresar a Jerusalén.

Consecuencias
Todos los bandos se sintieron traicionados por los otros. Se trazó un nuevo plan para conquistar Ascalón, y Conrado llevó allí sus tropas, pero no llegaron más refuerzos, debido a la desconfianza nacida entre los cruzados durante el fallido asedio de Damasco. Se abandonó la idea de la expedición a Ascalón, y Conrado regresó a Constantinopla para renovar su alianza con Manuel, mientras que Luis permaneció en Jerusalén hasta
1149. En Europa, Bernardo de Claraval se sentía humillado, y cuando fracasó su intento de promover una nueva cruzada, intentó distanciarse del fiasco que había supuesto la Segunda Cruzada. Murió en 1153.
El asedio de Damasco tuvo consecuencias desastrosas a largo plazo: Damasco no volvió a confiar en el reino cruzado, y la ciudad fue entregada a Nur ad-Din en
1154. Balduino II finalmente sitió Ascalón en 1153, lo que atrajo a Egipto al ámbito del conflicto. Jerusalén fue capaz de hacer algunas conquistas más en territorio egipcio, ocupando brevemente El Cairo en la década de 1160. Sin embargo, las relaciones con el Imperio Bizantino eran, como poco, delicadas, y la ayuda de Occidente se hizo escasa después del desastre de la Segunda Cruzada. En 1171, Saladino, sobrino de uno de los generales de Nur ad-Din, fue proclamado sultán de Egipto, y logró unir bajo su mando Egipto y Siria, rodeando por completo al reino cruzado. En 1187 Jerusalén cayó en su poder, y Saladino se dirigió al norte, donde se apoderó de todo el territorio de los estados cruzados, a excepción de sus capitales, lo cual motivaría el nacimiento de la Tercera Cruzada.

La tercera Cruzada

La Tercera Cruzada (1189–1192) fue un intento europeo de recuperar Tierra Santa del poder de Saladino. Es conocida también como Cruzada de los Reyes.
Precedentes
Unificación musulmana
Tras el fracaso de la
Segunda Cruzada, Nur ad-Din se hizo con el control de Damasco y unificó Siria. Con la finalidad de extender su poder, Nur ad-Din puso los ojos en la dinastía fatimí de Egipto. En 1163, su general de más confianza, Shirkuh, emprendió una expedición militar hacia el Nilo. Acompañaba al general su joven sobrino, Saladino.
Cuando las tropas de Shirkuh acamparon frente a
El Cairo, el sultán de Egipto, Shawar pidió ayuda al rey Amalarico I de Jerusalén. En respuesta, Amalarico envió un ejército a Egipto y atacó las tropas de Shirkuh en Bilbeis, en 1164.
En un intento de apartar de Egipto la atención de los cruzados, Nur ad-Din atacó
Antioquía, lo que tuvo como resultado una masacre de soldados cristianos y la captura de varios dirigentes cruzados, entre ellos Reinaldo de Châtillon, príncipe de Antioquía. Nur ad-Din envió las cabelleras de los defensores cristianos a Egipto para que Shirkuh las expusiera en Bilbeis a la vista de los hombres de Amalarico. Esto hizo que tanto Amalarico como Shirkuh sacasen sus tropas de Egipto.
En 1167, Nur ad.Din envió de nuevo a Shirkuh a conquistar a los fatimíes. Shawar optó de nuevo por pedir ayuda a Amalarico para defender su territorio. Las fuerzas combinadas de egipcios y cristianos persiguieron a Shirkuh hasta que se retiró a
Alejandría.

Conquistas de Saladino
Shawar fue ejectutado por sus traicioneras alianzas con los cristianos y fue sucedido por Shirkuh como visir de Egipto. En
1169, Shirkuh murió inesperadamente tras sólo unas semanas en el poder. El sucesor de Shirkuh fue su sobrino, Salah ad-Din Yusuf, más conocido como Saladino. Nur ad-Din murió en 1174, dejando el nuevo imperio a su hijo de once años, As-Salih. Se decidió que el único hombre capaz de conducir la yihad contra los cruzados era Saladino, que se convirtió en sultán tanto de Egipto como de Siria, y fundó la dinastía ayyubí.
Amalarico murió también en 1174, y fue sucedido como rey de Jerusalén por su hijo de trece años,
Balduino IV, quien firmó un acuerdo con Saladino para permitir el libre comercio entre los territorios musulmanes y cristianos.
En
1176, Reinaldo de Châtillon fue liberado de su prisión, y comenzó a atacar caravanas por toda la región. Extendió su piratería hasta el Mar Muerto, enviando sus galeras no sólo a abordar barcos, sino incluso a asaltar la misma ciudad de La Meca. Sus actos irritaron profundamente a los musulmanes, convirtiendo a Reinaldo en el hombre más odiado del Oriente Próximo.
Balduino IV murió en 1185, y la corona pasó a su sobrino de cinco años,
Balduino V, con Raimundo III de Trípoli como regente. Al año siguiente, Balduino falleció repentinamente, y la princesa Sibila, hermana de Balduino IV y madre de Balduino V, se hizo coronar reina, y a su marido, Guy de Lusignan, rey.
Por entonces, Reinaldo, una vez más, atacó una rica caravana, y encerró en su prisión a los viajeros. Saladino exigió que los prisioneros fuesen liberados. El recientemente coronado rey Guy ordenó a Reinaldo que cumpliese las demandas de Saladino, pero Reinaldo rehusó obedecer las órdenes del rey.

Caída del reino de Jerusalén
Fue este último ultraje de Reinaldo el que decidió a Saladino a atacar la ciudad de Tiberiades, en 1187. Raimundo aconsejó paciencia, pero el rey Guy, aconsejado por Reinaldo, llevó sus tropas a los
Cuernos de Hattin, en las cercanías de Tiberiades.
El ejército cruzado, sediento y desmoralizado, fue masacrado en
la batalla que siguió, el rey Guy y Reinaldo fueron llevados a la tienda de Saladino, donde se le ofreció a Guy una copa de agua. Guy bebió un trago, pero no le fue permitido pasar la copa a Reinaldo, ya que las reglas musulmanas de la hospitalidad determinan que quien recibe alimento o bebida está bajo la protección de su anfitrión. Saladino no quiso obligarse a proteger al traicionero Reinaldo permitiéndole beber. Reinaldo, que no había probado una gota de agua en varios días, arrebató la copa de manos de Guy. Al ver la falta de respeto de Reinaldo por las costumbres árabes, Saladino ordenó decapitar a Reinaldo por sus pasadas traiciones. Con respecto a Guy, Saladino hizo honor a sus tradiciones: Guy fue enviado a Damasco y finalmente liberado, siendo uno de los pocos cruzados cautivos que escaparon a la ejecución.
Al final del año, Saladino había conquistado Acre y Jerusalén. El Papa
Urbano III, según se dice, sufrió un colapso al oír la noticia, y murió poco después.

Preparativos
El nuevo Papa,
Gregorio VIII proclamó que la pérdida de Jerusalén era un castigo divino por los pecados de los cristianos de Europa. Surgió un clamor por una nueva cruzada para reconquistar los Santos Lugares. Enrique II de Inglaterra y Felipe II Augusto de Francia acordaron una tregua en la guerra que les enfrentaba, e impusieron a sus respectivos súbditos un "diezmo de Saladino" para financiar la cruzada. En Gran Bretaña, Balduino de Exeter, arzobispo de Canterbury, viajó a Gales, donde convenció a 3.000 guerreros de que tomaran la cruz, según el Itinerario de Giraldus Cambrensis.

"Muerte de Federico de Alemania" por Gustave Doré

La cruzada de Barbarroja
El anciano emperador del
Sacro Imperio Romano Germánico, Federico I Barbarroja, respondió inmediatamente a la llamada. Tomó la cruz en la catedral de Mainz el 27 de marzo de 1188 y fue el primer monarca en partir hacia Tierra Santa, en mayo de 1189. Federico había reunido un ejército tan numeroso que no pudo ser transportado por el Mar Mediterráneo, y tuvo que atravesar a pie Asia Menor.
El
emperador bizantino Isaac II Ángelo firmó una alianza secreta con Saladino para impedir el avance de Federico a cambio de la seguridad de su imperio. El 18 de mayo de 1190, el ejército alemán capturó Konya, capital del Sultanato de Rüm. Sin embargo, el 10 de junio de ese mismo año, al atravesar el río Saleph, Federico cayó de su caballo y se ahogó por la pesada armadura. Su hijo Federico VI llevó a su ejército a Antioquía, y dio sepultura a su padre en la iglesia de San Pedro de dicha ciudad. En Antioquía, muchos de los supervivientes del ejército alemán murieron de peste bubónica.
También se cree que después de la muerte de
Barbarroja, muchos soldados del ejército alemán se suicidaron por la muerte del poderoso emperador, o que también, tal vez se convirtieron y se unieron con Saladino, pero es poco probable, ya que Saladino seguramente los habría hecho prisioneros.
En teoría, si Barbarroja hubiese llegado con vida a luchar con Saladino, habría sido menor el tiempo de batalla, y más altas las probabilidades de que
Tierra santa volviera a pertenecer a los europeos.

Partida de Ricardo Corazón de León
Enrique II de Inglaterra murió el
6 de julio de 1189, tras ser derrotado por su hijo Ricardo y el rey de Francia, Felipe II Augusto. Ricardo I (más conocido por su sobrenombre "Corazón de León") heredó la corona y de inmediato comenzó a recaudar fondos para la cruzada. En julio de 1190, Ricardo partió por tierra desde Marsella en dirección a Sicilia. Felipe II Augusto, que viajó por mar, llegó a Mesina, capital del reino de Sicilia, el 14 de septiembre
Guillermo II de Sicilia había muerto el año anterior, y le había sucedido Tancredo, quien mandó recluir a Juana Plantagenet, viuda de Guillermo y hermana de Ricardo de Inglaterra y proyectaba quedarse con el generoso legado que Guillermo II había hecho a su suegro, Enrique II de Inglaterra. El rey inglés conquistó y saqueó la capital del reino, Mesina, el 4 de octubre de 1190. Tancredo le ofreció una importante compensación económica a cambio de que depusiera las armas. Ricardo y Felipe pasaron el invierno en Sicilia: Felipe zarpó el 30 de marzo y Ricardo el 10 de abril de 1191.
La flota francesa llegó sin contratiempos a
Tiro, donde Felipe fue recibido por su primo, Conrado de Montferrato. La armada de Ricardo, en cambio, fue sorprendida por una violenta tormenta poco después de zarpar de Sicilia. Uno de sus barcos, en el que se transportaban grandes riquezas, se perdió en la tormenta, y otros tres -entre ellos en el que viajaban Juana y Berenguela de Navarra, prometida del rey-, debieron desviarse a Chipre. Pronto se supo que el emperador de Chipre Isaac Ducas Comneno se había incautado de las riquezas que el barco transportaba. Ricardo llegó a Limassol el 6 de mayo de 1191 y se entrevistó con Isaac, quien accedió a devolverle sus pertenencias y enviar a 500 de sus soldados a Tierra Santa. De regreso en su fortaleza de Famagusta, Isaac rompió su juramento de hospitalidad y ordenó a Ricardo que abandonase la isla. La arrogancia de Isaac empujó a Ricardo a apoderarse de su reino, lo que logró en pocos días. A finales de mayo, toda la isla estaba en manos de Ricardo.

Batalla de Acre (sección batallas)
El rey
Guy había sido excarcelado por Saladino en 1189. Al recobrar su libertad, intentó tomar el mando de las fuerzas cristianas en Tiro, pero Conrado de Montferrato había tomado el poder tras su exitosa defensa de la ciudad frente a los musulmanes. Conrado había reunido un ejército para asediar la ciudad, contando con la ayuda del recién llegado ejército francés de Felipe II, aunque no era todavía lo suficientemente numeroso como para contrarrestar las fuerzas de Saladino.
Ricardo desembarcó en Acre el
8 de junio de 1191, e inmediatamente comenzó a supervisar la construcción de armas de asedio para asaltar Acre, que fue capturada el 12 de julio.
Ricardo, Felipe y
Leopoldo V, quien dirigía lo que quedaba del ejército de Federico Barbarroja, iniciaron una disputa sobre el botín de la recién conquistada ciudad. Leopoldo consideraba que merecía una parte semejante en el reparto por sus esfuerzos en la batalla, pero Ricardo quitó de la ciudad el estandarte alemán, que arrojó al foso. Entretanto, Ricardo y Felipe discutían sobre qué candidato tenía más derechos al trono de Jerusalén. Ricardo defendía la candidatura de Guy, mientras que Felipe era partidario de Conrado. Se decidió que Guy continuaría reinando, pero que Conrado le heredaría a su muerte.
Molestos con Ricardo, Felipe y Leopoldo dejaron la ciudad con sus tropas en agosto de ese año. Felipe regresó a Francia, lo cual fue considerado por los ingleses una deserción. Ricardo negoció con Saladino el rescate de miles de musulmanes que habían caído prisioneros. Como parecía que Saladino no estaba dispuesto a aportar la suma convenida, Ricardo ordenó que unos 3.000 prisioneros fueran degollados frente a la ciudad de Acre, a la vista del campamento de Saladino.

Batalla de Arsuf (Sección batallas)
Tras la conquista de Acre, Ricardo decidió marchar contra la ciudad de
Jaffa, desde donde podría lanzar un ataque contra Jerusalén. El 7 de septiembre de 1191, en Arsuf, unos 45 km al norte de Jaffa, Saladino atacó al ejército de Ricardo.
Saladino intentó atraer a las fuerzas de Ricardo para acabar con ellas, pero Ricardo mantuvo su formación hasta que los
Caballeros Hospitalarios se apresuraron a atacar el flanco derecho de Saladino, mientras que los Templarios atacaban el izquierdo. Ricardo ganó la batalla y acabó con el mito de que Saladino era invencible.

Final de la cruzada
Tras su victoria, Ricardo se apoderó de la ciudad de Jaffa, donde estableció su cuartel general. Ofreció a Saladino iniciar la negociación de un tratado de paz. El sultán envió a su hermano, al-Adil, llamado Saphadin, a entrevistarse con Ricardo. Las dos partes no fueron capaces de llegar a un acuerdo, y Ricardo marchó hacia Ascalón. Llamó en su ayuda a Conrado de Montferrato, quien rehusó seguirle, reprochándole haber tomado partido por Guy de Lusignan. Poco después, Conrado fue asesinado en las calles de Tiro, según algunos por orden de Ricardo. Guy de Lusignan se convirtió en rey de Chipre, y Enrique II de Champaña pasó a ser el nuevo rey de Jerusalén.
En julio de 1192, Saladino lanzó un repentino ataque contra Jaffa y recuperó la ciudad, pero muy pocos días después volvió a ser conquistada por Ricardo. El 5 de agosto se libró una batalla entre Ricardo y Saladino, en la que el rey inglés, a pesar de su marcada inferioridad numérica, resultó vencedor. El 2 de septiembre, los dos monarcas firmaron un tratado de paz según el cual Jerusalén permanecería bajo control musulmán, pero se concedía a los cristianos el derecho de peregrinar libremente a Jerusalén. Ricardo abandonó Tierra Santa el
9 de octubre, después de haber combatido allí durante dieciséis meses.

Consecuencias
Al pasar por una posada cercana a Viena, en su viaje de regreso a Inglaterra, Ricardo fue hecho prisionero por orden del duque Leopoldo de Austria, cuyo estandarte Ricardo había arrojado al foso en Acre. Más tarde pasó a poder del emperador
Enrique VI, que lo tuvo cautivo durante un año, y no lo puso en libertad hasta marzo de 1194, previo pago de la enorme suma de 150.000 marcos. El resto de su reinado lo pasó guerreando contra Francia, y murió a consecuencia de una herida de flecha en el Lemosín, en 1199, a la edad de 42 años.
Saladino murió poco después de la partida de Ricardo, el
3 de marzo de 1193, teniendo como única posesión una moneda de oro y 47 de plata, pues había repartido el resto de su patrimonio entre sus súbditos.
El fracaso de la Tercera Cruzada provocó que se predicase la
Cuarta, que se desvió hasta Constantinopla.
Crónicas de los hechos de la Tercera Cruzada fueron escritas por
Ambrosio el poeta y Giraldus CambrensiS.

La Cuarta Cruzada

Antecedentes
La Tercera Cruzada no había logrado su objetivo de recuperar Jerusalén, que continuaba bajo dominio musulmán. El tratado que Ricardo «Corazón de León» y Saladino habían firmado en 1192 dejaba en poder de los cristianos tan sólo una estrecha franja costera desde Tiro hasta Jaffa, aunque aseguraba la seguridad de los peregrinos cristianos que viajasen a Jerusalén.
El Papa
Inocencio III, deseoso de establecer la autoridad de la Santa Sede en todo el orbe cristiano, tenía un gran interés por los asuntos de los estados cristianos de Oriente.
Por otro lado, en la última década del
siglo XII había ido intensificándose la rivalidad entre Enrique VI de Alemania y el emperador bizantino Isaac II Ángelo. La anterior expedición alemana, guiada por Federico I Barbarroja, se había deshecho a causa de la muerte del emperador. Enrique, su hijo y sucesor, exigía de Bizancio la entrega de la región de los Balcanes y el pago de los daños sufridos por la expedición de Barbarroja. Su política en Oriente, aceptando los juramentos de vasallaje de los reyes de Armenia y de Chipre, era de deliberada hostilidad contra Bizancio. Es posible que Enrique tuviera ya en mente la posibilidad de dirigir una nueva cruzada contra Constantinopla. Sin embargo, falleció en 1197, en Messina, a la edad de 32 años. Su sucesor en el trono alemán, Felipe de Suabia, tenía además intereses personales en Bizancio, ya que estaba casado con Irene Angelina, hija del emperador Isaac II Ángelo, que fue depuesto en 1195 por su hermano.
La ciudad-estado de
Venecia, principal potencia marítima en el Mediterráneo oriental, tenía fuertes intereses comerciales en los territorios bizantinos, y muy especialmente en la capital, Constantinopla. Desde finales del siglo XII gozaban de privilegios especiales para comerciar en el Imperio Bizantino, pero en 1171 el emperador Manuel I Comneno ordenó la detención de los comerciantes venecianos y la confiscación de sus bienes, lo cual provocó una suspensión de la actividad comercial entre Venecia y Bizancio que se prolongó por espacio de quince años. En 1185, Venecia acordó la reanudación de las relaciones comerciales con el emperador Andrónico I Comneno, así como el pago de una cantidad económica en concepto de compensación por las propiedades confiscadas en 1171, que nunca llegó a hacerse efectivo. Bizancio, además, explotaba en beneficio propio la rivalidad comercial de Venecia con otras ciudades-estado italianas, como Génova y Pisa. El objetivo de Venecia, por lo tanto, era asegurarse la supremacía comercial en Oriente, desplazando definitivamente a sus rivales.

Preparativos
En
1198, el nuevo Papa, Inocencio III comenzó a predicar una nueva cruzada. Su llamada, sin embargo, tuvo poco éxito entre los monarcas europeos. Los alemanes estaban enfrentados al poder papal, en tanto que Francia e Inglaterra se encontraban combatiendo la una contra la otra. Sin embargo, gracias a las encendidas prédicas de Fulco de Neuilly, se organizó finalmente un ejército cruzado en un torneo organizado en Ecri por el conde Tibaldo de Champaña en noviembre de 1199. Teobaldo fue nombrado jefe de este ejército, del que también formaban parte Balduino IX de Henao, conde de Flandes, y su hermano Enrique; Luis, conde de Blois, Godofredo III de La Perche, Simón IV de Montfort, Enguerrando de Boves, Reinaldo de Dampierre y Godofredo de Villehardouin, entre otros muchos señores del norte de Francia y de los Países Bajos. Más tarde se añadieron a la empresa algunos caballeros alemanes y varios nobles del norte de Italia, como Bonifacio, marqués de Monferrato.
La expedición se encontró con el problema del transporte, pues carecía de una flota para trasladarse a Oriente y la ruta terrestre era poco menos que imposible a causa de la decadencia del poder bizantino en los Balcanes. Se decidió que se haría un desembarco en Egipto, desde donde se avanzaría por tierra hasta Jerusalén. En 1201 murió Tibaldo de Champaña, y los cruzados eligieron como nuevo jefe de la expedición a Bonifacio de Monferrato. Éste, firme partidario de los
Hohenstaufen, conoció en la corte de Felipe de Suabia a Alejo, hijo del depuesto emperador Isaac II Ángelo, quien deseaba contar con la ayuda de los cruzados para recuperar el trono imperial, que le correspondía por herencia.
Entretanto, los cruzados enviaron mensajeros a
Venecia, Génova y otras ciudades para contratar el transporte de la expedición. Uno de los enviados fue el historiador Godofredo de Villehardouin. Finalmente se llegó a un acuerdo con Venecia, en abril de 1201, por el cual la República se obligaba a hacerse cargo del transporte hasta Egipto de un ejército de 33.500 cruzados (junto con 4.500 caballos), a cambio de 85.000 marcos de plata. Cuando llegó el momento de embarcar, en junio de 1202, los cruzados, cuyo ejército era sensiblemente menos numeroso de lo que habían previsto, no pudieron reunir la cantidad acordada. Venecia se negó a transportar al ejército a menos que se pagase íntegra la cantidad acordada. Los cruzados pasaron el verano acampados en la isla de San Nicolás de Lido, sin poder zarpar, hasta que finalmente Bonifacio de Monferrato pudo llegar a un acuerdo con Venecia.

Toma de Zara
Los venecianos estaban enfrentados con el rey de
Hungría por la posesión de Dalmacia. En el curso de esta guerra, habían perdido recientemente a manos húngaras la ciudad de Zara. Su propuesta fue permitir el aplazamiento del pago de la cantidad que se les adeudaba a cambio de que los cruzados les ayudasen a conquistar esta ciudad. Bonifacio de Monferrato y el dux Enrico Dandolo se pusieron de acuerdo. A pesar del desagrado del Papa, que desautorizó esta expedición, la flota zarpó de Venecia el 8 de noviembre de 1202, y, dos días después, los cruzados atacaban Zara, que fue conquistada el día 15 del mismo mes. El Papa optó por excomulgar a todos los expedicionarios, aunque más adelante rectificó y perdonó a los cruzados, manteniendo la excomunión sólo para los venecianos.
Mientras el ejército cruzado invernaba en Zara, llegó un mensajero de Felipe de Suabia, portador de una oferta del pretendiente al trono bizantino,
Alejo. Si el ejército cruzado se desviaba hasta Constantinopla y le ayudaba a reconquistar su trono, Alejo no sólo estaba dispuesto a garantizar el pago de la deuda que los cruzados habían contraído con Venecia, sino que además se comprometía a aportar a la cruzada un contingente de 10.000 soldados, así como fondos y provisiones para emprender la conquista de Egipto.
Tanto Monferrato como Dandolo aceptaron el cambio de planes. Algunos cruzados se opusieron, arguyendo que si habían emprendido la cruzada era para luchar contra los musulmanes: abandonaron el ejército y se embarcaron hacia Siria. La mayoría, sin embargo, optó por continuar.
En abril llegó Alejo a Zara, y pocos días después la flota emprendió de nuevo el viaje. El
24 de junio de 1203 el ejército cruzado se encontraba ante Constantinopla.

Los cruzados en Constantinopla
Tras atacar sin éxito las ciudades de Calcedonia y Crisópolis, en la costa asiática del Bósforo, el ejército cruzado desembarcó en Gálata, al otro lado del Cuerno de Oro. Sus primeros intentos de conquistar Constantinopla no tuvieron fruto, pero el 17 de julio los venecianos lograron abrir una brecha en las murallas. Creyendo inminente la caída de la ciudad, el emperador Alejo III decidió huir, llevándose consigo a su hija favorita y una bolsa llena de piedras preciosas, y refugiarse en la ciudad tracia de Mosynópolis. Los dignatarios imperiales, para resolver la situación, sacaron de la cárcel al depuesto emperador Isaac II Ángelo, padre de Alejo y lo restauraron en el trono. Tras unos días de negociaciones, llegaron a un acuerdo con los cruzados por el cual Isaac y Alejo serían nombrados co-emperadores. Alejo IV fue coronado el 1 de agosto de 1203 en la iglesia de Santa Sofía.
Para intentar cumplir las promesas que había hecho a venecianos y cruzados, Alejo se vio obligado a establecer nuevos impuestos. Se había comprometido también a conseguir que el clero
ortodoxo aceptase la supremacía de Roma y adoptase el rito latino, pero se encontró con una obstinada resistencia. Confiscó algunos objetos eclesiásticos de plata para pagar a los venecianos, pero no era suficiente. Durante el resto del año 1203, la situación fue volviéndose más y más tensa: por un lado, los cruzados estaban impacientes por ver cumplidas las promesas de Alejo; por otro, sus súbditos estaban cada vez más descontentos con el nuevo emperador. A esto se unían los frecuentes enfrentamientos callejeros entre cruzados y bizantinos.
El yerno de Alejo III, también llamado
Alejo, se convirtió en el líder de los descontentos, y organizó, en enero de 1204, un tumulto que no tuvo consecuencias. En febrero, los cruzados dieron un ultimátum a Alejo IV, quien se confesó impotente para cumplir sus promesas. Estalló una sublevación que, tras algunas vicisitudes, entronizó a Alejo V Ducas. Alejo IV fue estrangulado en una mazmorra, y su padre Isaac II murió poco después en prisión.
En marzo, los cruzados deliberaron sobre lo que convenía hacer. Decididos a recuperar la ciudad por la fuerza y a colocar en el trono a un emperador latino, no lograban sin embargo ponerse de acuerdo acerca de quién sería el mejor candidato de entre ellos a ocupar el trono imperial. Bonifacio, el jefe de la expedición, no estaba bien visto por los venecianos. Finalmente se decidió que se formaría un comité electoral, compuesto de seis delegados francos y seis venecianos, que elegiría al emperador.
Atacaron por primera vez la ciudad el 6 de abril de 1204, pero fueron rechazados con un gran número de bajas. Seis días después reiniciaron el ataque. Los cruzados consiguieron abrir una brecha en la muralla en el barrio de Blanquerna. Al mismo tiempo, se produjo un incendio en la ciudad, y la defensa bizantina se desmorronó. Los cruzados y los venecianos entraron en la ciudad. Alejo V huyó a
Mosynópolis, donde un año antes se había refugiado su suegro, Alejo III. Los nobles ofrecieron la corona a Teodoro Láscaris, yerno también de Alejo III, pero éste la rechazó y huyó a Asia con su familia, el patriarca de Constantinopla y varios miembros de la nobleza bizantina. Se estableció en Nicea, donde fundó el Imperio de Nicea, depositario de la legitimidad bizantina.
La ciudad fue saqueada durante varios días. Los cronistas se hacen eco de las atrocidades perpetradas por los conquistadores. Del saqueo no se libraron las iglesias ni los monasterios, y en la misma
Santa Sofía fueron destruidos el iconostasio de plata y varios libros y objetos de culto. Según relata Nicetas Coniates:
Destrozaron las santas imágenes y arrojaron las sagradas reliquias de los mártires a lugares que me avergüenza mencionar, esparciendo por doquier el cuerpo y la sangre del Salvador [...] En cuanto a la profanación de la Gran Iglesia, destruyeron el altar mayor y repartieron los trozos entre ellos [...] E introdujeron caballos y mulas a la iglesia para poder llevarse mejor los recipientes sagrados, el púlpito, las puertas y todo el mobiliario que encontraban; y cuando algunas de estas bestias se resbalaban y caían, las atravesaban con sus espadas, ensuciando la iglesia con su sangre y excrementos.
Una vulgar ramera fue entronizada en la silla del patriarca para lanzar insultos a Jesucristo y cantaba canciones obscenas y bailaba inmodestamente en el lugar sagrado [...] tampoco mostraron misericordia con las matronas virtuosas, las doncellas inocentes e incluso las vírgenes consagradas a Dios.

Finalmente, se restableció el orden y se procedió a un reparto ordenado del botín según lo que se había pactado previamente: tres octavas partes para los cruzados, otras tres octavas para los venecianos, y un cuarto para el futuro emperador. A pesar de las pretensiones de Bonifacio de Montferrato, el comité eligió emperador a
Balduino IX de Flandes, primer monarca del Imperio Latino.
Consecuencias
Llego a su fin el Imperio Bizantino a causa del saqueo de Constantinopla por los cruzados

    Followers